miércoles, 1 de septiembre de 2010

El reflejo de la ventana me devuelve la imagen a las 19:45 en el living de una casa ajena. Hace al menos un minuto dejó de sonar el telefono, que por supuesto no atendí. El agua para mate se hirvió. Mientras repongo agua nueva para colocar en la pava caliente y así intentar otro mate, pienso en que seguramente con un buen reposo y la calidez que todavía conserva la pava , podría tener el agua sin necesidad de usar el fuego. Pero el fuego está. Por eso es tan lindo estar de campamento y ser como las cosas también son. Y también es lindo estar enamorada de una persona que te comparta la vida con vida, o que se ponga a hacer magia, te muestre algo,  y encima te deje tocarlo.  
Alguien sigue intentando comunicarse con esta casa. El mate ya es un hecho en mi organismo. Mi mente esta expectante a no sé qué.
Mi corazón la espera. El mate también. El vecino de la ventana de enfrente ya cerró las persianas. De todo lo demás no sé.
Que fácil es olvidarse de lo minuciosa que es la realidad de otro, del corazón de otro.
También pienso en cuanta verdad hay en eso que me dijo, hace un tiempo, una chica en un bar. Dijo que lo más díficil de encontrar es gente que comparta con alegría el bienestar del otro, su momento de felicidad. Y  agregó que para las malas siempre están todos, que eso es lo más fácil.
Es extraordinaria la gente que presencia cinco minutos de tu vida y te deja un pensamiento para siempre. Me encanta la palabra extraordinario. Vuelve a sonar el télefono y mientras resonga chillón el timbre en el silencio; la imagen de la ventana me deja cerrar un pensamiento con la misma firmeza con la que se cierra la tarde, cada vez más noche. Y pienso que definitivamente los mates son como la felicidad: no existen si no son compartidos.      

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